08-18-2017 Equipo OTD

Transmigrantes: raza, clase y géneros



La lingüística engendra la semiología y la lingüística estructural, la lingüística estructural engendra el estructuralismo, el cual engendra el Inconsciente Estructural. El conjunto de estos discursos levanta una confusa cortina de humo para los oprimidos, que les hace perder de vista la causa material de su opresión y los sume en una suerte de vacío ahistórico.
Monique Witting en El pensamiento Heterosexual

Cuando Monique Witting escribe, en su ensayo El Pensamiento Heterosexual, que las mujeres no existen si no es en relación a la opresión de los hombres se pone en cuestionamiento la dependencia del hombre con las mujeres para poder reafirmar su autoridad en el sistema. En este sentido el discurso heterosexual oprime la voz de quienes no hablan bajo estos términos y permite la continua conducta abusiva bajo esquemas artificiales basados en imaginarios patriarcales.

Bastián Olea, por su parte, escribe en La estigmatización de la gordura femenina que los privilegios de las personas flacas no existirían sino en relación a la falta de los mismos con las personas gordas. Angela Davis, revolucionaria escritora feminista, intelectual y antirracista, propone un feminismo pensado desde la mujer en relación a la clase y la raza en su libro Mujeres, raza y clase, o también denominada etnia en algunos países para no “sonar racistas”.

En un país latinoamericano hijo de una dictadura que heredó la potencia de un sistema avasallador de subjetividades racistas, arribistas en relación a un eje euroblanco de conciencias resulta sospechosa la piel negra, la piel morena, el color lejos de esa palidez iluminadora que destella luz en un caminar de domingo por la Plaza de la Independencia frente a dos medios de comunicación, al lado del Departamento de Extranjería, con deslinde del paseo peatonal del centro de la ciudad, donde se pasean vendedores ambulantes, peruanos, bolivianos. Caminando se encierran en un pasar el cuerpo del insulto, la desdicha de ser un cuerpo les gritan y la mirada resulta tan dura como la palabra. Eso parece Concepción, la cuna del rock, un lugar dentro de muchos que esquiva la existencia de otros habitando en el mismo.

“Existe una práctica fundamental para entender la política y las prácticas de los feminismos, esto es, que nada existe nunca en una línea recta”, dice Jorge Diaz y Johan Miajil en su libro Inflamadas de Retórica, escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad. ¿Será el pensamiento del sistema heteropatriarcal aquel ‘straight’ o recto el que no permite el zig-zagueo de aquellas corrientes de conocimiento que nos invitan a pensar ese afuera que vive en este adentro? ¿Cómo tener claro el lugar desde el que se habla si se habita con el temor semántico de la piel?

Cuando el escritor Johan Mijail escribe sobre las experiencias tecno-travestis que vive recorriendo la ciudad de Santiago de Chile habitando el cuerpo como sujeto político entre una calle que absorbe la negrura entre trabajadores que trabajan en trabajos que los chilenos no quieren, vale la pena preguntarse ¿por qué la pena es morena?

Camino y me gritan recordándome que se me nota: “Masisi”, me grita un hombre chileno en la avenida Portugal. Vestido de obrero, de trabajador de la construcción, me grita desde un vehículo: “Masisi”, que en creole, en criollo haitiano es maricón, maricón me grita, camino hacia una biblioteca a leer, rapidísimo, camino y él me grita “Masisi” porque de seguro en su espacio de trabajo, de hombre trabajador, ese hombre que llena de orgullo a la izquierda masculina comparte su espacio laboral con haitianos que le enseñan la homofobia en su idioma, ahora en creole, me grita “Masisi”, maricón. Activando sin saber la compleja relación entre raza y homosexualidad. Intenta ofenderme diciéndome maricón, de ofenderme a mí a mis amigas, a todas nos intenta hacer daño: racismo y homofobia. “Masisi”, me grita. ¿Qué sabrá él de Haití? me pregunto, ¿Qué sabrá él de mí? Se da la casualidad, de que camino, rapidísimo a la biblioteca, para leer sobre vudú, santería, sobre las potencias yoruba, intenta ofenderme en haitiano diciéndome “Masisi”. Como una haitiana me vio, parece, y me dijo “Masisi”.
Johan Mijail en Masisi, columna publicada en El Desconcierto

La palabra es aquello que no se nombra, recuerdan los profesores en sus cursos de Epistemología mientras a Chile llegan inmigrantes, pero también extranjeros. Según las cifras de extranjería al momento viven 447 mil foráneos, esto es cerca del 2,8% de la población en el país. Uno de ellos es Fernando Javier Ojeda desde Venezuela, un hombre trans que viajó junto a su esposa Yuli y su cuñada Kerlyn “en busca de nuevas oportunidades”, comenta.

Entender el migrante y al extranjero que vive en Chile como sujetos diferentes es parte también del trabajo de la profesora y coordinadora del Doctorado en Ciencias Sociales María Emilia Tijoux. “La recepción y significación que se hace la inmigración es racista, porque sino no podríamos entender que a estos hombres y mujeres que vienen a trabajar a Chile -porque en sus países han sido expulsados, perseguidos, empobrecidos, que no traen capital económico, y los capitales culturales que traen son vistos negativamente- sean vistos negativamente por la sociedad chilena; que sean percibidos y acusados injustamente de cosas que no necesariamente llevan a cabo”, explica a la Radio UdeChile.

El color de la piel, la altura, las formas del cuerpo, rasgos culturales, perspectivas racistas sobre lo propensos que son al desorden, delito, prostitución “a una cantidad de cosas vinculadas con estas características corporales. Eso es racismo. (…) Lo que hemos querido decir con lo que hemos hecho es que la pregunta que hay que hacerse no es por quienes llegan, sino por nosotros”, agregó Tijoux.

El espacio extranjero en Chile

No es difícil encontrar en el imaginario mediático a extranjeros siendo atacados desde el anonimato que otorga Internet. En el ciberespacio se muestran conductas que reflejan también la mirada, la palabra, el insulto y la crisis, la urgencia y la emergencia de lo que se dice, se ve y se hace en las notas de los noticieros en el horario prime sobre el espacio que usan en el país: piezas, casas, lugares de pocos metros cuadrados en comunas catalogadas en riesgo social con migrantes peruanos, bolivianos, haitianos, venezolanos, colombianos. Mientras que los “extranjeros” parecen moverse entre otros puntos.

Fernando vive en el centro, cerca de su trabajo, a un par de paraderos. Cada mañana con el frío de la madrugada se despide de Yuli y trabajan para llegar a casa y a fin de mes enviar la mitad de los dos sueldos de vuelta a Venezuela.

Un año y tres meses viviendo entre la clase, género y el peso de la pena morena. Aquella pena es habitada desde lo que Díaz habla en Infamadas de Retórica como el emancipar de lágrima, aquella pena que sirve como activación de acción, entendiendo que la pena es un privilegio de clase que no todos se pueden dar, usar la pena y transformarla en una fuerza productiva personal que mejora la autonomía ante el sistema.

Después de 8 meses Fernando, Yuli y su cuñada lograron encontrar un departamento para arrendar entre dos personas más: su hermana y un amigo que conoció gracias a OTD, Organizando Trans Diversidades, una organización que funciona también como una comunidad, escuela, grupo, y más, de personas trans chilenas y extranjeras en diferentes regiones del país.

Después de llegar al trabajo Fernando debe intentar no perder el control ante preguntas sobre la importancia de la imagen concreta del cuerpo. Sin embargo, al parecer, esto ya es costumbre y no espera más que continuar trabajando en el local de comida rápida en el que ya lleva un par de meses.

“Inevitablemente el cambio cultural, me ha complicado el arranque. Llegué acá con mi esposa, para comenzar de nuevo. Poder hacer mi transición y poder recoger buenos frutos. Familia, amigos, salud, economía. Eso lo brinda Chile”, me comenta mientras termina de arreglarse.

Es que cada cultura responde al territorio que enmarca un pensamiento en base a la pirámide social: familia, amigos, salud, economía. Para Fernando y Yuli es importante poder comprenderse desde el cuidado parental, desde el formar una familia desde patrones culturales que les son cómodos a ambos. “La familia ha costado, acá no es posible adoptar. Nos encantaría a mi esposa y a mi darle amor y atención a un hijo”, dicen. “Es un sueño que esperamos no sea imposible”.

Pese a esto, les ha quitado mucho más tiempo pensar en cómo sobrevivir en lo que resulta ser este país, caminar por el paseo peatonal y enfrentarse al no poder. No poder encontrar trabajo bajo el grado estudiado, no atenderse en salud, pagar impuestos y no tener vida. No tener tiempo para ir a la playa a comer la comida que les recuerda el regocijo de Venezuela, los abrazos de su abuela o la tranquilidad de un domingo por la tarde sin el miedo a tener que morir o por un ataque transfóbico o por uno racista o ambos en plena calle, como muchos extranjeros y también chilenos.

El peso de la realidad les evoca sentimientos encontrados en un escenario en el que la pena no funciona ni como distracción ni como tiempo compacto para neutralizar emociones. Como un punto más del mapa han debido alterar las metodologías de su vida para comprender que no se puede caminar a ciertas, por ciertos lugares, con ciertos cuerpos.

“Salud, complicada. Pues por ser migrante, no puede ser posible enfermarse, ya que dependemos del sustento del trabajo, además que pagar por atención médica es imposible. Y allí, entiendo que es difícil para chilenos y para migrantes. Pero uno se siente vulnerable, al no poder enfermarse y mucho menos tomar licencias médicas”, y es que el sistema parece no discriminar y recibir la misma crítica como punto de encuentro entre pueblos colonizados también por el cuidado a la salud desde la ciencia occidental.

Fernando también ha debido trabajar entre los suyos, no precisamente venezolanos, sino que inmigrantes. Ver al inmigrante como pueblo o como conglomerado también resulta ser un caso particular de racismo. “Los racistas no hablan hoy de raza sino que de cultura”, dice a El Comercio la antropóloga Heidrun Friese cuando se le pregunta sobre los refugiados, otro tipo de inmigrantes, en Europa. “Después del Holocausto no es aceptado decir la palabra ‘raza’. Así que prefieren usar ‘cultura’. Que pertenecen a otra cultura. Pero ese término también es racista. En ese contexto, la palabra ‘raza’ ha sido reemplazada por ‘cultura’. ¿Y contra quiénes la utilizan? Obvio que contra los musulmanes. Ahora no son los judíos, son los musulmanes los atacados, “porque los musulmanes no tratan a sus mujeres como nosotros”. Es la nueva excusa del racismo. Un racismo que hoy ya no es de razas sino de cultura”, argumenta.

En este mismo contexto Tijoux explica la importancia sobre el conocer, el saber sobre la historia de los pueblos, hablar de historia y no de cultura. “importante es conocer un poco más de las culturas de los países, porque curiosamente encontramos que Machu Picchu es maravilloso, peleamos y hacemos filas para comer en restoranes peruanos y encontramos que es la mejor gastronomía del mundo, pero no queremos peruanos al lado de la casa. Curiosamente tampoco queremos ver que nosotros somos una suerte de isla al final del mundo y suponemos que somos el centro, pero no”.

Hoy es común encontrar extranjeros que llegan al país con la promesa de poder trabajar y establecer una vida en base a “mejores estándares”. El caso de Fernando no es la excepción. Encontró una oferta que le prometió un mejor devenir para con su esposa en Chile, la aceptaron, hablaron con más gente, se pusieron de acuerdo con sus familias, organizaron sus maletas y una mañana pagaron y tras un viaje largo pisaron suelo chileno.
Con el paso del tiempo se dieron cuenta de que se estaban aprovechando de ellos. No tenían muy claro el valor del dinero en Chile, aceptaban lo que les entregaban. Cuidaban una casa y recibían cien mil pesos cada mes. Debían vivir con eso para ambos y su cuñada. Les dieron un cuarto en una casa que también tenían que cuidar y trabajar, adaptar cada espacio del lugar para eventos.

En un momento se aburrieron, con el miedo que guarda la situación: reclamaron. Bastó pedir un poco de descanso y una mejor paga para que les dieran cuatro horas para desalojar el lugar.
“Para ese momento yo iba a la OTD y allí me brindaron apoyo mis compañeres, dándome alojo. Y después de 2 días, conseguimos trabajo en un local de comida rápida. Hasta el día de hoy que logramos ascender a jefes de local, después de mucho trabajo cada uno en una sucursal diferente”
Un diseñador en obras civiles y una administradora de empresas son los jefes del local de comida rápida emblemático en la zona.

Mientras toman once me cuentan que viven cinco personas en un departamento, que trabajo siendo migrante es imposible de encontrar porque entran en juego temas legales. Comienzan las noticias en TVN, 24 horas central. El sonido del pan con mantequilla y dicen “No es fácil conseguir trabajo en esos campos. Pues generalmente las empresas piden carnet y visa definitiva. Acá solo necesitábamos el permiso para trabajar que ya lo teníamos. Es complicado conseguir trabajo regular para un migrante. Para tramitar tus papeles te piden un contrato de trabajo, y muchos no te hacen contrato si no tienes papeles. Y ahí es cuando nace la oportunidad de abuso y las malas personas se aprovechan”, comentan entre sorbos de té, de café y de jugo, cada uno elige lo que más les gusta. En sus paredes hay historia, una vida que dice que existe pese a la materialidad de sus deseos.

En Chile, cuentan, fueron chilenos quienes abusaron laboralmente de ellos, de todos ellos. Un espacio en crisis lejos de la teoría, de las leyes, en una grieta donde todos parecen estar sobre ellos en jerarquía. Un poder alineado por un voraz sistema neoliberal donde se escarban en los deseos para que vivan hacinados mientras esperan trabajar en lo que les gusta, obtener un sueldo acorde al trabajo que hacen, poder ayudar al resto de sus familias en Venezuela, poder tener tiempo para salir a la playa que tanto les gusta y comer empanadas y mariscos por al menos un fin de semana y no tener que volver apurados porque tienen que estar listos para ir a trabajar al otro día en turnos imposibles, con horas extras, horarios en colapso y justos en plata.

A Fernando le gusta cantar. Disfruta cantar en sus tiempos libres. Aprovecha sus tiempos para caminar a la sede de OTD, estar con sus compañeros, ya no les ve tanto como antes, lamenta aquello. En Chile comenzó su transición y pudo avanzar en los tratamientos hormonales para ser el Fernando que quiere ser. Uno que canta, que alegre camina, juega y celebra su cumpleaños con sus amigos, con Yuli.